No. 13

Octubre de 2007

Educación Familiar

EL TONO AFECTIVO EN LOS NIÑOS

La alegría de los niños era algo proverbial. Pero esta realidad empieza a cambiar. Niños que aparentemente lo tienen todo, se muestran apáticos y aburridos en medio de todo tipo de halagos, mimos y comodidades materiales. Tal parece que el gusto por la vida empieza a desaparecer también de la existencia de los niños, dando paso a biografías grises que oscilan entre el estrés y la depresión.

Paralelamente a este problema que aumenta en forma preocupante y ocupa buena parte del tiempo de psicólogos, psiquiatras, educadores y padres de familia, subyace  el caso de los niños desmotivados, de tono vital bajo, con tendencia a la pasividad, el negativismo y el aburrimiento, que dejan en padres y educadores la sensación de que siempre hay que “empujarlos” para que actúen.

¿Que es el tono afectivo?

 Es una sumatoria de las emociones, los afectos, los sentimientos y las pasiones que en un momento determinado embargan a una persona. A su vez,  todas estas manifestaciones de la esfera afectiva, de corte positivo o negativo, son la respuesta a todo tipo  de sensaciones, suscitaciones o estímulos percibidos en los  ámbitos físico, psíquico o espiritual, que siempre  encuentran  resonancia, de mayor a menor grado, en una subjetividad personal, que es ante todo afectable; sin que esta afectabilidad comporte solamente pasividad; antes bien, es una afectabilidad o afectividad asistida por una inteligencia que “acusa recibo”, haciéndose conciente del estimulo, valorándolo de acuerdo  con unas experiencias previas, un  proceso de formación, una reflexión y una capacidad de respuesta que genera cambios en la intimidad del sujeto y hacia fuera, a partir de una enorme capacidad de comunicación.

Buena parte del tono afectivo, dependerá por tanto de todas aquellas experiencias afectivas que celosamente guardadas en la intimidad de la persona van estructurando una subjetividad de la cual emanan los actos humanos; no en genérico, sino como tal o cual persona. Actos del corazón, surgidos del núcleo mismo del sujeto.

Pero la persona no es solo un sujeto que reacciona a estímulos externos en forma predecible y momentánea. La intimidad es una caja de resonancia que guarda en la memoria, no solamente los estímulos venidos de fuera, sino también las vibraciones subjetivas generadas por estos. A cada estimulo aplicado sobre el sujeto, la afectividad lo distingue con colorido y relieves propios; son las emociones, afectos, sentimientos, apetencias y pasiones los marcadores de memoria con los cuales la persona almacena sus experiencias vitales. Será luego la imaginación, la que a partir de una capacidad evocatoria, reconstruya vivencias anteriores con la carga afectiva con que fueron guardadas.

¿Cuáles serían las causas predisponentes a estados afectivos  establemente bajos y suficientes para comprometer negativamente los procesos de maduración de los niños?
He aquí algunos de ellos; no los únicos, pero si quizás los más importantes:

  • Hogares estructurados alrededor de una convivencia conyugal desafortunada en la que el conflicto entre los padres, la agresión física y/o verbal, la indiferencia, el desamor, la infidelidad a los compromisos adquiridos y el poco o ningún interés por los hijos, son los elementos esenciales de la cotidianidad familiar.
  • El maltrato directo sobre los niños, representado en traumas físicos, agresiones verbales, indiferencia o desinterés frente a sus necesidades y requerimientos.
  • La amenaza continua de separación por parte de uno o ambos padres, aunque no esté acompañada de violencia o agresividad intrafamiliar, pero que consiga generar en los niños un permanente estado de inseguridad y zozobra.
  • El  deseo  desmedido de los padres de dar gusto a todas las exigencias del niño; llegando incluso  a   adelantarse a sus requerimientos, antes  que estos sean expresados.  El resultado final ofrece 2 vertientes siniestras: La primera es que el niño desarrolla un umbral bajísimo de tolerancia a la frustración y la segunda -quizás peor que la primera - es que el niño  termina por valorar muy poco o nada,  todo  lo que la vida le ofrece, sin discriminar entre lo importante y lo secundario, lo fácil y lo difícil, lo costoso y lo barato; bajo el supuesto de que todo se lo merece por igual.
  • Padres que educan en la desconfianza y el escepticismo, generan en sus hijos gran inseguridad, temor a todo y a todos y una continua  sensación de amenaza – conciente o inconsciente-  que encoge el ánimo y deja poco  espacio para actuar.
  • La crítica ácida y negativa por parte de padres y maestros, que no deja lugar al reconocimiento de esfuerzos, logros y buenas cualidades, generan en el niño ideas de inutilidad, minusvaloración, impotencia y sobretodo, sensación de imposibilidad de ser amado por nadie ante su evidente y manifiesta incompetencia.
  • Exigencia desmedida  de padres y educadores que ante la posibilidad de sacar partido de alguna cualidad, habilidad o destreza de un niño, lo somete  a procesos  dispendiosos, exigentes y no pocas veces estresantes, que a veces enfrentan  al infante con sus incompetencias y casi siempre lo colocan frente al dilema del éxito o del fracaso, sin que los procesos mismos tengan  especial significación.
  • Ambientes familiares y escolares excesivamente perfeccionistas y exigentes en los que el objetivo  es el éxito, el proceso no debe  tener errores y el modus operandi es la competitividad a ultranza. En esta modalidad son muy frecuentes los padres de familia que encuentran en sus hijos  una oportunidad de oro para resarcirse de sus propios fracasos y frustraciones.
  • Una cultura  que privilegia por sobre todas las cosas lo grande,  lo deslumbrante, lo aparatoso   y sensacional, en detrimento de lo natural, lo pequeño, lo que hace poco ruido, así sea más bello, atractivo y satisfactorio. No en vano  los prefijos súper, hiper, mega y extra acompañan con llamativa frecuencia los adjetivos  con que los niños y jóvenes matizan y superlativizan sus conversaciones.
  • Una T.V. llena de colorido y brillantez, saturada de personajes bellos, exitosos y adinerados, que promociona súper héroes atractivos, omnipotentes  y queridos por todos, que triunfan fácilmente frente a cualquier obstáculo; en fin, un mundo irreal pero muy atractivo y seductor, que hace palidecer  la vida real, tornándola aburrida, anodina y opresiva. En términos netos: la T.V. a color ha tornado la vida corriente de muchos niños en un deslucido espectáculo en blanco y negro.
  • Padres abrumados por la vida y las circunstancias, permanentemente quejumbrosos, victimizados e infelices, que  transmiten a sus hijos sentimientos sombríos, derrotistas y avinagrados. La sola presencia  de estos padres congela la sonrisa de los niños y genera en el hogar un ambiente tenso, pesimista y desesperanzador.
  • Las adicciones de cualquier índole en los progenitores, que comprometen grandemente su prestigio frente a los hijos y desestabilizan significativamente la vida familiar, propiciando, sobretodo en los niños más pequeños un estado permanente de inseguridad, ante las conductas impredecibles, inadecuadas y no pocas veces avergonzantes  y violentas de su progenitor enfermo. Alcoholismo, drogadicción, adicción al sexo o a los juegos de azar, etc., son condiciones altamente lesivas en los procesos educativos de los niños, sobretodo cuando comprometen a los padres.

El Remedio

Cada uno de estos “factores corrosivos” del tono afectivo de los niños, lleva implícita la conducta a seguir para evitar su acción deteriorante; sin embargo, también pueden mencionarse unos como, “antídotos universales” que hacen bien a todos, sin estar referidos a ninguno de los casos mencionados en particular.

  • Que los padres tengan un tono afectivo de signo positivo. No hay que olvidar que los niños, habitualmente, tienen “temperatura ambiente”. En otras palabras, asumen pasivamente el tono afectivo del entorno en que transcurre su vida, o más puntualmente, el de las personas que tienen sobre ellos ascendiente y autoridad.
  • Que padres y educadores  propongan a los niños ídolos y personajes a imitar de gran calado humano, esforzados, alegres, virtuosos, que consiguen aquello por lo que luchan, aunque no sean siempre exitosos; ojalá sacados de la vida real, que con mucha frecuencia, supera la mejor ficción.
  • Que a los niños se les estimule adecuadamente y siempre de acuerdo  con sus condiciones personales, de manera que no quede una buena acción sin valorar, ni una mala sin corregir; resaltando cualidades y animando a remover  defectos que operan como fardo pesado que no deja avanzar a buen ritmo.
  • Que al niño frustrado, adolorido, humillado o limitado en sus posibilidades se le ayude a salir de si: sobretodo, haciéndose conciente del dolor de otros, no pocas veces mayor que el suyo. De esta forma se le evita el ensimismamiento que facilita el victimismo  y se le hace tolerante, solidario y generoso.
  • Que los niños aprendan a disfrutar lo simple, lo pequeño y lo natural; así aprenderán a contemplar, a asombrarse y a cuestionarse sobre todo   lo maravilloso que los rodea, apartándose  de la depredación, la insensibilidad y el deslumbramiento tecnológico, que cansa el espíritu, satura la sensibilidad corporal y empobrece  la imaginación.
  • Que los niños disfruten permanentemente  de su infancia, sin infestarlos con  ideales adultos que los hacen detestar su condición infantil, mientras llenan su mente y su corazón de ensoñaciones seductoras pero impropias de su edad y condición.
  • Que se respete la sexualidad de los niños, cultivando en ellos un sano  pudor y ofreciéndoles una formación al respecto que se conjugue perfectamente con su realidad. Conocimientos no ajustados a la edad del niño, estímulos precoces, desmedidos o malintencionados, sumergen a los niños en la tristeza, el desconcierto  y la insatisfacción consigo mismos y con su entorno degradado, porque se ven dentro de el sucios, inadecuados y perversos.
  • Que los niños no estén  ociosos; ayudándoles en todas las circunstancias de la vida familiar y escolar a desarrollar iniciativas, gestionar recursos, avivar su imaginación y buscar actividades de grupo que faciliten  la convivencia, el compartir y el desarrollo de habilidades lúdicas, artísticas, intelectuales, sociales, etc., que aparten  del retraimiento, la pasividad, la timidez excesiva, el tedio, la melancolía y la tristeza.
  • Que la televisión no interfiera jamás con el compartir familiar o con actividades creativas, culturales o recreativas a campo abierto; ni se encienda jamás la T.V., la radio o el computador para combatir el tedio o llenar el tiempo libre que de otra manera no se sabe como utilizarlo. No  es conveniente que los niños se acostumbren a ver la vida como simples espectadores o “mirones”. Ellos  son protagonistas, y no precisamente en el futuro, sino aquí y ahora.

Jesús Álvaro Sierra Londoño
Especialista en Educación y Asesoría Familiar
Instituto de la Familia